The Blessed Virgin and Saint Anne, adapted from a photo by Paul Flores; used with permission.

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Dios es amor, no el pecado.

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Espiritualidad | Religión | Propio Interes | El Peligro de la Depravación Moral | El Peligro en la Ofensa a la Castidad | El Peligro del Encaprichamiento con los Fenómenos Místicos |
Compunción

 
EN EL MUNDO de hoy, especialmente en el área de la bahía de San Francisco, con frecuencia oímos de personas que claman valorar la espiritualidad. En este sentido de Nueva Era, la espiritualidad no significa mucho más que el conocimiento de algún tipo de “alumbramiento” que impregna la vida de uno, con una sensación esotérica del más allá aunque sin hacerle demandas particulares a nadie.

 
Espiritualidad

Sin embargo, en su sentido mejor y más práctico, espiritualidad puede ser psicológicamente definido como un sistema interior de creencias que provee a la persona con un sentido de confianza y conforte emocional que transciende el yo consciente.

La espiritualidad llega a ser valiosa como un primer paso que nos conduce lejos del enfoque psicológico en si mismo. Pero solo es un primer paso. Y con frecuencia es un traspaso que nos lleva dentro de nuestras propias ilusiones narcisistas, por más esotéricas que nos puedan parecer—según lo describo abajo.

 
Religión

En contraste, la religión (derivada del latín religare, unir de nuevo) se refiere a las creencias y las prácticas con las que adoramos al Dios quien nos creó.

  

Nuestra ayuda esta en el Nombre del Señor
que hizo el cielo y la tierra.

  

—Salmo 124:8

Por consiguiente, la religión esencialmente denota un estilo de vida que nos lleva lejos de nuestro auto-enfoque y de regreso a Dios en adoración y agradecimiento.

Sin embargo, date cuenta que, si la religión no tiene una espiritualidad que le este soplando vida en ella, la religión no será mas que una seca intelectual superstición. Es decir, a menos que la religión sea un estilo de vida que provee conforte y confianza espiritual, será rígida y sin vida. Y es por esta precisa razón que son tantos los niños que rechazan la religión de sus padres: “¡No es relevante a mi estilo de vida!”

Una vez que entendamos tanto la espiritualidad como la religión apropiadamente, entonces vamos a poder hablar, como lo hago yo aquí, de una espiritualidad mística—es decir, una firme formación en la religión cristiana que nos permite vivir nuestra fe con una asombrosa reverencia, en vez de intelectualmente. Esta espiritualidad nos puede guiar en nuestras prácticas religiosas a buscar una profunda purificación del corazón y del alma, y a aceptar, en perfecta y casta obediencia, las demandas de amor que Cristo puso sobre nosotros: negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz, y seguirle a Él en la misión santa de llevar almas de regreso a Dios en adoración y gratitud.

 
Propio Interés

La naturaleza humana es de tal manera que, sin ninguna guía exterior, tendemos a buscar solamente nuestro propio interés. La historia bíblica de los hebreos antiguos revela que, una y otra vez, buscamos a Dios cuando estamos en una crisis y luego nos olvidamos de Él cuando las cosas comienzan a verse color de rosas.

San Pablo se topó con esa misma naturaleza humana los entre los griegos de Corinto. Corinto, después de todo, era una de las ciudades de más corrupción moral en Grecia, como una combinación de Las Vegas, San Francisco, Hollywood, y la Ámsterdam de hoy. Así de malo. Y la iglesia en Corintios le proporcionó a Pablo dolores de cabeza constantes.

Ciertamente, através de su historia, la Iglesia ha tenido que lidiar con discusiones y peleas casi constante sobre qué, en verdad, nos pidió Cristo, porque el camino duro y estrecho, a muchas personas, les ha parecido demasiado estrecho como para permitirles cabida, mientras continúan envueltos en todos sus intereses propios.

Por lo tanto, aquellos que escogen vivir vidas de santidad por medio de la contemplación y la oración necesitan reconocer los peligros que através del camino son, básicamente inevitables.

 
El Peligro de la Depravación Moral

La depravación moral no es un término muy utilizado en el mundo de hoy. Después de todo, en el nombre de “diversidad” se vale cualquier cosa hoy día. Y cuando cualquier cosa va a toda parte, todos los caminos llevan a ninguna parte. Lo que una persona ve como depravación, otra persona lo ve como . . . pues, interés propio.

Así que hay muchas formas—específicas de aspiraciones místicas—por la cual una persona puede perder el sentido de dirección moral casta y caer en la depravación.

 
La Mentalidad 007

En las historias de ficción de James Bond la designación de “doble O” señalaba que un espía era de un valor tan extraordinario y específico que, indiscutiblemente, tenía una licencia para matar a cualquiera, al llevar a cabo su misión secreta. De manera similar, muchos místicos con estilos particulares, através de los tiempos han desarrollado una creencia de que ellos tienen una relación con Dios tan alumbrada y extraordinaria que les permite hacer cosas que son moralmente prohibidas a las personas de menos santidad. Este relativismo moral esencialmente equivale a “una licencia para pecar”.

Desde los milagreros en Corintos que retaron a Pablo, a los mesalianos (o eúquitas) quien le dio dolores de cabeza a Basilio de Cesaréa en el cuarto siglo, desde los albigenses que fueron suprimidos por Santo DomingoSaint Dominic con sus prédicas en el siglo trece, a los jansenistas quienes fueron suprimidos por San Luís María de Montfort con sus prédicas en el siglo dieciocho, a la persona común del mundo de hoy que dice, “O, ya vienes con tu dogma de nuevo. No tengo uso para dogma. Si Cristo me dijese en mi corazón que Él quiere que yo me case con una persona divorciada, yo lo haría. Es asunto mío y de Cristo”, es todo lo misma cosa. Licencia para pecar. Todo esto se burla de las exigencias de la castidad cristiana.

Los mesalianos, por ejemplo, creían que en toda persona había maldad que no podía ser superada únicamente por gracia sacramental. Ahora, en cierta forma, hay algo de verdad en esto; en el sentido de que una aceptación pasiva de los sacramentos, sin una concomitante disposición de ser transformados y fortalecidos por ellos, no sumará a mucho beneficio espiritual. Pero los mesalianos, fallando al no entender el punto, enseñaron que solo oración intensa y contemplación ascética puede hacer la tarea—si era lo suficientemente contundente como para producir efectos sicológicos palpables—y abandonaron los sacramentos junto a la asistencia eclesial.

Similarmente, los albigenses—derivados del maniqueísmo que casi atrapó a San Agustín en su juventud—enseñaba sobre una salvación garantizada en el contexto de una completa indiferencia hacía la moralidad. En sus esquemas de cosas, nada que hiciera o no hiciera la persona hacía diferencia alguna en la salvación de la persona: el diablo creó al mundo, Dios creó el espíritu, así que todo el mundo terminará en el cielo de todas formas—o así creían ellos. 

Igualmente, aquellos que seguían el jansenismo, una forma de quietismo quietismo (ver abajo), mientras complacidos esperaban su “bautismo” espiritual rehusaban toda disciplina moral. Los jansenistas, como los albigenses, creían que por la caída fuera de gracia de Adán y Eva, la naturaleza humana es corrupta y depravada, y que la maldad no se puede evitar.[1] Por lo tanto, ellos buscaban una donación de gracia irresistible del Espíritu Santo. Con sus rodajes por el piso y sus balbuceos en “lenguas” ellos actuaban bastante parecidos a algunos carismáticos de hoy. De hecho, muchos carismáticos hoy han caído en jansenismo sin darse cuenta, y su actividad emocionalmente cargada no es más que regresión sicológica al comportamiento infantil, no una espiritualidad mística madura.

En verdad no debe parecer sorprendente que tan tontas ideas puedan tener tan amplio atractivo, porque ellas atraen sicológicamente a la parte de la psiquis humana que quiere un camino más facil que el duro, estrecho, y disciplinado camino del cristianismo. Es por esto que, aun hoy, la mayoría de los protestantes, y aún bastantes católicos, están inconscientemente llenos de estos mismos errores. Tristemente, son pocas las almas ingenuas que leen alguna vez las letras minúsculas que dicen, “Ninguna licencia concedida por el diablo será honrada por Dios.”

 
Quietismo

Algunas personas construyen su espiritualidad sobre la idea del auto-abandono. En contraste con la auto-entrega,[2] que es basado en vaciarse de su yo por medio de un humilde y devoto amor por Dios, el auto-abandono es basado en un tipo de orgullo espiritual por lo cual se busca una indiferencia hacia el mundo exterior, incluyendo virtud tradicional en sí. El abandono, después de todo, significa eso mismo: falta total de dirección.

Ya sea basado en la percepción budista de que la creación es mala y, por lo tanto, uno debe evitar el sufrimiento liberándose de las ataduras del mundo por la meditación, o basado en las infame herejías de Jansen, Molinos, Guyón, y Félenon del siglo diecisiete, o basado en el ingenuo concepto que marihuana y las drogas sicodélicas—o que la sexualidad fuera del sexo casto marital—tengan algún valor espiritual, o basada en la preocupación con apariciones y visionarios, o aún basada en la seudo-católica “oración centrante”, el quietismo hace de las sensaciones sicológicas el foco de la experiencia espiritual. El alumbramiento viene, según dicen, por hacer nada. Pero este “hacer nada” se vuelve en una actividad narcisista exclusiva que intenta sentir con los sentidos lo que atribuye la teología tradicional a los trabajos no sensoriales de la gracia divina. Esencialmente, entonces, todas las variedades del quietismo no tienen nada que ver con “religión”—en verdad no es nada más que técnicas sicológicas.

  

No obstante, ésta búsqueda de satisfacción sensorial sicológica no es exclusiva del quietismo. De hecho, es un fenómeno universal, y se deriva del mismo pecado—es decir, de nuestra separación natural de Dios.

Así como los filósofos através de los tiempos han observado que podemos encontrar pizcas y huellas de divinidad en el mundo natural, así también todos podemos experimentar un “hambre” para una conectividad espiritual entre los unos con los otros y con Dios, cómo una clase de ansia profunda por lo que se carece en la vida ordinaria. Pero dado nuestro estado de separación de Dios, y la ceguera espiritual que surge de esta separación, la mayoría de nosotros llenamos nuestra hambre con lo que está más inmediato y disponible naturalmente; los cinco sentidos físicos de la carne.

Por consiguiente, Cristo nos tuvo que enseñar la verdad que no vemos por nuestra ceguera: “Quien coma Mi  Carne y beba Mi  Sangre, tiene vida eterna. . . . Lo mismo que el Padre, que vive, Me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que Me coma vivirá por Mí. . . . El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada” (Juan 6: 54, 57, 63).

Y en nuestra hambre por Cristo encontramos las base mística para la enseñanza de la Iglesia sobre la moralidad sexual. No es que el placer sexual—que es uno de los placeres, físicos y sicológicos, más exquisitos conocidos—sea, en sí, perjudicial o malo; es que simplemente su propósito no se ha entendido cuando se saca de su contexto apropiado de matrimonio y procreación.

En Cristo, entonces, tenemos acceso a vida real y al éxtasis no sensorial, muchísimo más grande que una mera sensación de placer físico cualquiera. Las realidades físicas de esta vida son . . . pues, realidades, sí, y todos tienen un propósito temporal, pero entendiéndolo en el sentido cristiano nos deben apuntar a la realidad suprema—y éxtasis—de la inmensa gloria de Dios en Su Reino.

Así que, los místicos através de los tiempos han observado que la selección entre espíritu y carne es uno–o el otro. Como Cristo y Juan el Bautista, según uno aumenta, el otro tiene que disminuir. Si no entendemos esto, entonces simplemente no hemos entendido el punto del cristianismo; el entrar en la imponente y gloriosa presencia de Dios, para ser colmados no con fantasías eróticas, sino con toda la plenitud de Dios (cf. Efesios 3:19)

  

Por supuesto, como un “bono” adicional al quietismo, está la falta de obligaciones morales: el alma de perfecto abandono no peca, enseñaba los quietistas, porque el alma está tan desprendida de todo que el pecado se vuelve irrelevante. Así que puedes tenerlo todo. Al menos, hasta el Día del Juicio.

 


En ambos de estos conceptos de “misticismo” tú eres separado de las buenas obras externas, separado de la supervisión de pastores y confesores, separado de la obediencia de la autoridad de la Iglesia, alejado de la confianza y dependencia en la vida litúrgica, sacramental y devocional de la Iglesia. Y allí te encuentras, como oveja sin pastor, libre para buscar y seguir tus propios intereses—y vulnerable a los intereses propios de cualquier lobo que coincidentemente pasa por alli.

 
El Peligro en la Ofensa a la Castidad

Todos los bautizados están llamados a la castidad, pero muchos bautizados ni siquiera saben que es la castidad. Así es que, para poder definirlo, vamos a mirar a cosas que la ofenden (énfasis añadido a palabras claves). ¿Y por qué éstas cosas son ofensivas a la castidad? ¿Por qué lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC)? No. Ellas son ofensivas a la castidad porque pervierten el significado de la sexualidad que Dios, en su amor creativo, anticipó para nosotros. A cualquiera que no ha entrado en la experiencia del amor místico, todo esto le puede parecer difícil para entender, pero si tú alguna vez te entregas al amor puro, tú no solo entenderás estas cosas, sino que también las sentirás en lo profundo de tu corazón ansioso. 

La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión” (CIC 2351). 

“La masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. ‘Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado’. ‘El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine’. Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de ‘la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero’” (CIC 2352). 

“La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de menores” (CIC 2353). 

“La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico” (CIC 2354). 

“La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, puesto que queda reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga peca gravemente contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6, 15-20). La prostitución constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la falta” (CIC 2355). 

“La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (cf. incesto) o de educadores con los niños que les están confiados” (CIC 2356).

 
Castidad Para Aquellos que son Solteros

“La castidad  ‘debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o celibatarias’. . . . Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia” (CIC 2349).

“Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad” (CIC 2350). 

“La homosexualidad  designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo . . . Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves . . . la Tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso . . . Las personas homosexuales están llamadas a la castidad” (CIC 2357; 2359).

 
Castidad en el Matrimonio
 

“La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. Entre bautizados, los vínculos del matrimonio están santificados por el sacramento” (CIC 2360).

“Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios (cf Ef. 3, 14; Mt 23, 9). ‘En el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello, cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana’” (CIC 2367). 

“Por razones justificadas, los esposos pueden querer espaciar los nacimientos de sus hijos. . . . La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundados en la auto-observación y el recurso a los períodos infecundos son conformes a los criterios objetivos de la moralidad. . . . Por el contrario, es intrínsecamente mala ‘toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación’” (CIC 2368; 2370). 

“Las parejas que descubren que son estériles sufren grandemente. . . . Las técnicas que conlleva la disociación del esposo y la esposa, por la intrusión de una persona que no sea la parejas (donación de esperma u óvulo, útero sustituto), son gravemente inmoral. Estas técnicas (inseminación artificial heteróloga y fecundación) violan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocido por él y obligados el uno al otro por el matrimonio. Ellas traicionan los derechos de los esposos de llegar a ser un padre y una madre exclusivamente el uno a través del otro. . . . Las técnicas que envuelve solo a las parejas casadas (inseminación artificial homóloga y fertilización) son quizás menos reprensibles, pero aún continúan inaceptable moralmente. Ellos separan el acto sexual del acto procreativo. El acto que trae al niño a la existencia ya no es un acto en donde dos personas se dan una a otra, sino más bien uno que le confía la vida y la identidad del embrión a los poderes de doctores y biólogos y establece el dominio de la tecnología sobre el origen y destino de la persona humana. Una relación tal de dominio es en sí contraria a la dignidad y a la igualdad que tiene que ser común a padres e hijos” (CIC 2374–2377). 

“El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio” (CIC 2380). 

Divorcio es una grave ofensa en contra de la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. el hecho de contraer una nueva unión, aunque sea reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente. . . . El divorcio es también inmoral porque introduce el desorden en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden trae graves daños al cónyuge abandonado, a los hijos traumatizados por la separación de los padres y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres, y por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social” (CIC 2384; 2385). 

Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación” (CIC 1649). 

“El consentimiento [al matrimonio] debe ser un acto de la voluntad de cada uno de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo. Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento. Si esta libertad falta, el matrimonio es inválido. Por esta razón (o por otras razones que hacen el matrimonio nulo e inválido) la Iglesia, tras de examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar la nulidad del matrimonio, es decir, que el matrimonio nunca existió. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente anterior” (CIC 1628–1629).

“No pocos postulan hoy una especie de ‘unión a prueba’ cuando existe intención de casarse. . . . El amor humano no tolera la ‘prueba’. Exige un don total y definitivo de las personas entre sí” (CIC 2391). 

“La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunicación este delito contra la vida humana. Una persona que procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunicación . . . por la misma realización de la ofensa. . . . Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia. Más bien, ella hace claro la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, así como a los padres y a toda la sociedad” (CIC 2272).

 
El Peligro del Encaprichamiento con los Fenómenos Místicos

Frecuentemente, al menos en la opinión popular, los efectos de la espiritualidad mística—los estigmas, los éxtasis, las levitaciones, las apariciones—ensombrece la realidad mundana de una vida que se ha dedicado a la disciplina y el trabajo duro. Y para algunas personas estos fenómenos místicos son deseados a toda costa, aún hasta el punto del fraude—o la colusión consciente (o inconsciente) con el diablo.

Cristo, por supuesto, nos advirtió sobre esto:

  

No obstante, no os alegréis de que los espíritus se os sometan, sino alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.

  

—Lucas 10:20

Por tanto, sólo hay una protección en contra del peligro de encaprichamiento con los fenómenos místicos: buscar sólo amar a Dios, y dejar que Dios te dé los regalos que Él te desea dar, cualesquiera que sean. 

Tristemente, aún ésta protección puede ser torcida y distorsionada por mentiras sicológicas. El mundo está lleno de personas que claman amar a Dios, y sin embargo—con intención o sin intención—le sirven a nada más que, a sus propios intereses. En vez de buscar a la humildad que caracteriza el misticismo genuino, muchas personas buscan “un sentimiento emocional de bienestar, una certeza de que lo que ellos están haciendo es lo correcto, y que pueden tener delicias espirituales mientras ignoran la disciplina que ello conlleva”.[3] Por tanto, tienen sus esperanzas puestas en los milagros; y no en luchar y esforzarse, para que sus vidas cambien, y se desvían del Camino de la Cruz para irse tras el atractivo de apariciones y videntes.

  

En su libro de fantasía El Hobbit, precursor a la trilogíaEl Señor de los Anillos, Tolkien habla sobre un viaje que traviesa el oscuro y peligroso Bosque Mirkwood. Se les advierte a los viajeros que permanezcan en el sendero y que nunca lo abandonen, pase lo que pase. Más sin embargo, acabando de comenzar se van a espiar unas luces de hadas parpadeando en la oscuridad. Embelesados con el encanto de las luces dejan en camino, con la esperanza de descubrir las mismas hadas. Pero mientras más buscaban a las hadas, más se desvanecían las luces en la distancia. Entonces, lejos de la seguridad del camino, y perdidos sin remedio en la oscuridad, los viajeros fueron atrapados por unas arañas gigantes.
 
Bueno, el cuento continúa . . . pero la lección esta clara: si te desvías del camino verdadero para ir tras luces de hadas, te arriesgas a gigantescos peligros.   

  

Así que esto nos trae a la una prueba única que revela un sincero deseo por Dios. A través de los tiempos, muchos místicos genuinos lo han experimentado personalmente. Más aún, algunos místicos, como la Bienaventurada Anna María Taigi y los videntes de Garabandal,[4] han predicho que eventualmente, esto ocurrirá como un evento mundial. Es la prueba de la compunción. 

 
Compunción

Compunción—o el don de lagrimas—“no es un ataque de depresión; es el resultado de un cambio repentino y genuino de perspectiva, una actitud prevaleciente de pena por los pecados”.[5]

  

Dichoso los que lloran, porque ellos serán consolados.Pero el llanto al cual [el Señor] vincula a una promesa eterna es distinto de la aflicción de este mundo; los lamentos que se escuchan en este mundo no hacen dichoso a nadie. Es muy distinta la razón de ser, los gemidos de los santos, la causa que produce lágrimas dichosas. La aflicción religiosa se lamenta por el pecado, el propio y el ajeno; no se lamenta por lo que pasa a consecuencia de la justicia de Dios, sino por lo que hace la malicia del hombre. Verdaderamente, aquel que obra mal debe ser más lamentado que aquel que lo sufre, porque por su maldad el pecador descenderá al castigo, mientras que el aguante puede alzar a la gloria a un hombre justo.

  

—De un sermón sobre las bienaventuranzas
por San León Magno, papa
Oficio de Lecturas, sábado
Semana veintidós en Tiempo Ordinario

Muchos místicos através de los tiempos han descrito la experiencia de compunción como el primer paso a la vida espiritual genuina. Una vez abrumados por la profunda realización de cuanto hemos herido a los demás con nuestros comportamientos auto-indulgentes, entonces nosotros, como Cristo llorando por nosotros, comenzaremos a llorar por nosotros mismos y por los demás. Santa Teresa de Ávila describe a un alma en semejante dolor: 

  

Quizás de alguna forma la pena viene de un dolor profundo que siente al ver que Dios es ofendido y poco estimado en éste mundo y que muchas almas se pierden . . . Aunque vea que la misericordia de Dios es grande—pues por muy malvada que sean su vidas, éstas [almas] pueden enmendarse y ser salvadas—ella teme que muchas están siendo condenadas.

. . . [E]l dolor sufrido en este estado . . . rompe y tritura al alma y la hace pedazos, sin que el alma luche por ello o aún a veces, sin quererlo el alma.

. . . Si un alma con tan poca caridad [6] cuando es comparada a la de Cristo . . . siente este tormento tan insoportable, ¿cual tendría que haber sido el sentimiento de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Y que clase de vida Él habrá sufrido puesto que todas las cosas estaban presentes a Él y era Él siempre testigo de ofensas graves cometidas en contra de Su Padre? . . . Pero yo considero muy difícil el ver las tantas ofensas cometidas tan continuamente en contra de Su Majestad y a las muchas almas que van al infierno que pienso que, solo un día de ese dolor hubiese sido suficiente para terminar a muchas vidas; cuanto más una sola vida, si Él hubiese sino únicamente un hombre.

  

El Castillo Interior
V:2. 10,11,14

Esta profunda pena por los pecados del mundo confirma el amor del alma para Dios porque se origina en el mismo núcleo de la libre voluntad. Ningún alma puede desear el bien, y mucho menos hacer el bien, sin la gracia de Dios. Pero contrario al reclamo en el quinto siglo, de Pelagio, esta afirmación no contradice la bondad de la naturaleza humana, ni se burla de la libre voluntad. Y tampoco tiene que ser respaldada con la idea agustina de la predestinación.

El hecho simple es que, así como el cambio psicológico empieza con remordimientos dolorosos por el comportamiento de uno, el alma, viendo la corrupción del mundo y sintiendo una pena profunda por ello, puede libremente volver a Dios y, como Santa Catalina de Génova, decir, con un grito de angustia interior, “¡O Señor, no más mundo, no más pecado!” Pero sin gracia divina el alma no puede hacer nada en cuanto a la pena; y ni siquiera sabe qué hacer. Sin embargo, el llanto de lágrimas inicial será escuchado, y su viaje hacía la santidad de amor puro—y el profundo don de lágrimas—comenzará.

 

 
___________

1. La verdadera teología católica nos enseña que la naturaleza humana es esencialmente buena. Aunque podemos evidenciar la depravación y la corrupción alrededor nuestro, esta corrupción social es llamada concupiscencia, el resulta del pecado Original. Pero, si nos rendimos a la gracia divina, las defensas sicológicas que nos sostienen en la concupiscencias pueden ser superadas.

2. Entrega siempre implica entregarse a alguien. Igualmente, en el sentido místico, la auto-entrega quiere decir entregar su yo a Dios y a su Voluntad. Consecuentemente, la auto-entrega exige creer en Dios totalmente. Por otra parte, el auto-abandono implica una creencia en “nada” y significa abandonarse a cualquier y toda cosa, venga lo que venga, sin la cualificación—y esto tambien predispone al alma a las influencias demoniaca.

3. Kevin Orlin Johnson, Twenty Questions About Medjugorje (Dallas: Pangæus Press, 1999), p. 13-14. Dr. Johnson da respuestas claras y fidedignas a las preguntas sobre qué realmente ha dicho Roma en cuanto a las supuestas apariciones en Medjugorie. Usted puede ordenar este folleto (en inglés) directamente del editor al mandar $2.00 ( incluye franqueo y manejo) a Pangaeus Press, PO Box 670127, Dallas, Tx 75367.

4. La Bienaventurada Anna María Taigi (1769-1837) profetizó una futura “iluminación de toda consciencia.” En 1965 en Garabandal, los videntes tuvieron varias experiencias de visiones en donde la Santísima Virgen anunció proféticamente un Aviso corregirá la consciencia del mundo
   Sin embargo fíjese, que de acuerdo a las investigaciones oficiales de la Iglesia (hasta las de 1996) con relación a los sucesos de Garabandal “la supernaturalidad de las apariciones en referencia no fueron probadas,” (vea http://www.ewtn.com/library/BISHOPS/GARABAND.HTM).

5. Kevin Orlin Johnson, Apparitions: Mystic Phenomena and What They Mean (Dallas: Pangæus Press, 1998), p. 35.

6. Eso es, ella misma.

 

Traducido por Anne P.

Para hacer comentarios sobre las traducciones

 

Sin publicidad—sin patrocinador—sólo la simple verdad . . .

¿Ahh? ¿Website por propia voluntad?
¿De que se trata esto?

 
Recursos Adicionales
 
Dissent:

Our Lady’s Warriors: Dissent Index
THE CROSS AND THE VEIL  provides some insightful commentary about so-called spiritual practices that
really dissent from the true faith.

 
Morality:
Between Man and Woman: Questions and Answers About Marriage and Same-Sex Unions —from the United States
Conference of Catholic Bishops.

Catechism of the Catholic Church
 
On “Chastity – In San Francisco?”:

The Sweet and Easy Way . . . but beware . . . the only escape from the darkness of sin is in seeking the light of the cross.
 
The Basic Concepts of Self-help —Sacrifice, Obedience, and Prayer
Spiritual Healing —how to heal emotional wounds the Christian way
Why San Francisco?
 
QUESTIONS AND ANSWERS
 
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